Enrique del Pozo Polidoro

Revoluciones que hemos vivido

Articulo realizado por nuestro compañero Enrique del Pozo Polidoro
REVOLUCIONES QUE HEMOS VIVIDO
Enrique del Pozo Polidoro

La cercana celebración del cincuentenario de la tercera promoción de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla me ha traído al pensamiento, como seguramente le habrá ocurrido a muchos lectores, lo rápido que ha transcurrido el tiempo y lo breves que se ven cincuenta años vistos desde este lado del calendario. Veinte años no es nada, como dice el tango, pero cincuenta tampoco tienen algo de particular.
En este tiempo han pasado muchas cosas, y hemos visto nacer, crecer y desaparecer modas, costumbres y también tecnologías. Con relación a la moda femenina hemos visto subir y bajar las faldas una docena de veces por lo menos, y respecto a la masculina, que varía menos pero también lo hace, llevo contabilizadas otra docena de veces de ensanchamientos y estrechamientos de corbata. Conservo corbatas antiguas porque me da pena tirarlas, y los jóvenes me dicen que para qué quiero esas antiguallas. Mi respuesta es, indefectiblemente, que las guardo porque dentro de diez años volverán a llevarse, y hasta ahora he acertado siempre.
Estos cambios, que le dan sal a la vida, no son nada en comparación con otros que podríamos calificar de revolucionarios, y de los que hemos sido testigos privilegiados. 
Richard Florida, gurú norteamericano de la creatividad, menciona las revoluciones que se han vivido en el siglo XX en Estados Unidos, y plantea el caso de un americano de 1900 que a través del túnel del tiempo apareciera súbitamente en 1950, y el de otro de 1950 que surgiera de la misma forma en el año 2000. 
El americano de 1900 quedaría sorprendido en 1950 con los coches, aviones y electrodomésticos, y con la radio, la televisión y en general las transmisiones inalámbricas. Pero el entorno social le resultaría muy familiar:  los hombres trabajan y copan los puestos directivos, las mujeres se dedican a las tareas domésticas, los alumnos obedecen y respetan a los profesores, la conducta sexual no admite alternativas o están mal vistas, y se siguen en general los valores tradicionales, con prevalencia de la religión; en fin, qué os voy a contar, lo que hemos vivido en nuestra niñez y nuestra juventud.
El americano de 1950 aparecido en el 2000 (ojo: he dicho 2000) apreciaría mejoras en los coches, en los aviones y en los electrodomésticos, pero no se sorprendería demasiado por el avance tecnológico. No vería nada realmente revolucionario; todo bastante previsible dentro de una línea de mejora, con la única excepción de los ordenadores, que ya estaban sólidamente implantados. 
En cambio en lo social, cuántas diferencias notables encontraría. Los hombres cambian pañales y pasean a los bebés sin ningún complejo; las mujeres trabajan, dirigen y deciden, algunas de ellas presidiendo gobiernos de países; el sexo es ahora algo fluido y cambiante; del respeto de los alumnos a los profesores para qué vamos a hablar; la religión es un mero referente entre otros varios, y lo más impactante, ¡un negro como Presidente de los Estados Unidos! Nuestro americano, confuso y desorientado, pediría inmediatamente el traslado de vuelta a su cómodo y familiar entorno social de 1950.
Si en lugar de un norteamericano, que en todo caso partiría de una situación desarrollada en los entornos industriales, económicos, políticos y sociales, se tratase de un español de 1950 (vaya, uno de nosotros mismos), ¿a qué estaría acostumbrado? Pues a moverse a golpe de calcetín o en tranvías renqueantes, a heredar ropa de hermanos y primos, a escuchar en la radio las aventuras de Diego Valor y Conozca Usted A Sus Vecinos, a ver el NO-DO antes de la película, a la gente viviendo en casas de vecinos, a comprar melones y pavos en puestos callejeros, a pelar gambas tirando las cáscaras al suelo, a poner conferencias con Madrid con dos horas de demora, a ver al lechero manipulando oscuramente las cántaras en la parte de atrás del motocarro, a que te mandaran a la carbonería por un cubo de cisco picón, y qué sé yo a cuántas cosas más que podéis añadir de vuestra imaginación y recuerdos.
Los cambios que hemos vivido hasta el año 2000 desde una economía autárquica basada en la agricultura, la pesca y la minería al tránsito a la industria, y sobre todo al sector de los servicios; las mejoras en las viviendas, en los transportes, en la energía, en el ocio, en los medios de comunicación, en la facilidad para el conocimiento de otros países y culturas, han supuesto un cambio copernicano con relación a cómo entendíamos y vivíamos la sociedad española de mediados del siglo XX.
Por poner una comparación facilona acordémonos de aquellos entrañables y pocos vehículos que circulaban por los caminos, que pomposamente titulábamos como carreteras. De los Fiat Balilla, Hispania o Topolino, Citroën Once Ligero (también llamado Chulo de la Carretera), Mercedes Lola Flores, Renault Bocafiera y Frégate, Peugeot 203 y otros por el estilo, sin dejar de mencionar los Pontiac y De Soto que traían las cuadrillas de toreros y los taxis antiguos con asientos de transportín, pasamos a los primeros coches de fabricación nacional, Seat 1400 y 600, Renault 4/4 y Dauphine, y Citroën 2 CV, y ya bastante después al 850, Simca 1000, R-4 y R-8.  
La fiabilidad de aquellos vehículos brillaba por su ausencia; cuando no se calentaban había que cambiar algo, fuesen las bujías, los platinos, la tapa del delco o las correas del ventilador o de la dinamo. Desde luego tuvimos que aprender a la fuerza mucha mecánica, y algunos se atrevían hasta a hacer sus pinitos con las regulaciones del carburador. 
La diferencia con los coches actuales es pasmosa. Consumen poco, nunca se calientan, tienen potencia de sobra y pocas veces se averían; ahora bien, cuando lo hacen hay que meterlos en la máquina de diagnóstico, no como los antiguos, que se arreglaban con un rollo de alambre y una tira de esparadrapo.
Seguramente alguien dirá: ¿Y los ordenadores? ¿Dónde me dejas la cara que pondría el americano de 1950 al ver los ordenadores? Es verdad, pero tenemos que acordarnos de que en el año 2000 no se había popularizado Internet, y que todavía se veían por las oficinas muchos monitores monocromos de fósforo verde.
Hablando de ordenadores tengo que contaros una anécdota. En 2007 tuve que ir a Berlín por motivos profesionales y me acompañó mi mujer, Pili, a la que muchos conocéis, que me pidió que hiciéramos una excursión a Kassel para ver la Documenta, una de las exposiciones periódicas de arte moderno más importantes del mundo; así que allí fuimos. Mucho me libraré de decir que todo el arte moderno sea un mamarracho, porque tiene cosas buenas, pero sí que hay otras muchas que necesitan que el tiempo las vaya filtrando y depurando para que quede lo que realmente vale la pena. Total, que después de un par de horas viendo instalaciones, intervenciones, happenings y body-painting pasamos por delante de un rótulo que ponía: Planetarium und Astronomisch-Physicalisches Kabinett. Miré a Pili suplicante, y me dijo: -Entremos. Te lo has merecido-.
Lo primero que vi fue una exposición de instrumentos astronómicos antiguos; telescopios refractores y reflectores, montajes acimutales y ecuatoriales, astrolabios, relojes astronómicos, todo muy interesante. A continuación pasamos por una sala que se titulaba Historia de la Impresión; allí había primitivas prensas de tórculo, minervas tipográficas y diversos tipos de linotipias, no menos interesantes. 
A lo lejos entreví algo familiar, de color azul y gris; conforme me fui acercando crecieron mis sospechas, que al final se confirmaron: ¡Se exponía un IBM 1130 igualito que el que teníamos en la Escuela de Reina Mercedes! Un rótulo explicaba algo así como que con aquellos primitivos instrumentos ejecutaban los técnicos del pasado sus burdas computaciones. Inmediatamente me invadió una impresión angustiosa; si un objeto con el que yo había trabajado se juzgaba digno de figurar en un museo, faltaba un paso para que yo mismo fuese considerado también museable. ¡Pues por lo visto todos somos ya objetos (sujetos) museables! Solamente habría hecho falta para completar la exposición una foto viéndose a alguno de nosotros cargando tarjetas perforadas en la lectora, y que los niños al verla preguntasen si los dinosaurios también sabían manejar el 1130.
Hablando de las tarjetas perforadas hay que ver la cantidad de soportes de memoria externa que hemos conocido, desde la cinta magnética en diversos formatos y tamaños al floppy disk de 5¼" con 512 kb, el diskette de 3½" con 1,44 Mb (da hasta risa), el MiniDisc, el CD, el DVD, los discos duros mecánicos y los de estado sólido, y las memorias flash para USB. Seguro que hay lectores capaces de añadir algún formato más a esta lista.
En las consideraciones anteriores nos parábamos en el año 2000. ¿Qué ha pasado desde entonces? Pues que la velocidad de los cambios se ha acelerado, de tal forma que en algunos campos se ha progresado más que en los cincuenta años anteriores. En particular destacan la información y las comunicaciones; la facilidad con la que hablamos de videollamadas, de transferencia de datos, fotografías, archivos y comunicaciones personales, gracias a que llevamos en el bolsillo un ordenador millones de veces más potente que el 1130, y mucho más que los primeros PCs.
Ahora tenemos disponible toda la información del mundo, accesible desde cualquier parte y permanentemente actualizada; es ni más ni menos que el sueño de cualquier lector de enciclopedias. Sin embargo a veces consulto mi viejo Espasa, con su aroma inconfundible de principios de siglo XX. Y es que en Internet se ocultan bulos casi indetectables, ejercicios académicos repletos de errores y todo tipo de información sin filtrar y sin corregir. Ahora es más necesario que nunca ejercer el buen criterio, revisar las fuentes y comparar distintas procedencias para no otorgar carta de autenticidad a textos que se escribieron con la única finalidad de gastar una broma a los amigos.
Las pantallas planas han hecho posible el ideal de poseer un cuadro cambiante a voluntad; recordemos las antiguas y culonas pantallas de rayos catódicos y el espacio que ocupaban sobre la mesa, a pesar de tener 17". Otro sector que ha experimentado revoluciones asociadas a la tecnología es la medicina, y en particular las técnicas de diagnóstico por imagen. La conciencia ecológica se ha desarrollado, y las energías renovables prometen reparar buena parte del daño que le hemos hecho a nuestro planeta.
Una característica de los tiempos actuales, para bien o para mal, es la globalización. Los bienes y los servicios cruzan las fronteras y los océanos, de forma que podemos estar usando un martillo hecho en China con unas zapatillas puestas fabricadas en Vietnam, y comernos un melón cosechado en el Brasil (qué malos están) sin darnos cuenta cabal de dónde procede cada cosa. Los que dijeron "que trabajen los chinos" se han dado ahora cuenta de su error; la dependencia externa llevaba paso de convertir a Europa en un parque turístico, y quién sabe si hubiéramos llegado siquiera a eso.
¿Y es todo bueno, es todo progreso lo que nos han traído los años? Veo muchas cosas importantes que no han cambiado para mejorar; en el mundo siguen existiendo la guerra, el hambre, las desigualdades extremas. Unos países son pobres, atrasados y no ofrecen esperanza alguna, y otros vistos desde fuera son paraísos, atrayendo inmensos movimientos migratorios que tiempo después caen de su engaño cuando ven que los perros no se atan siempre con longanizas.
Por otra parte, este siglo XXI que comenzó con el horror de las Torres Gemelas ha producido monstruos como la crisis económica de 2008, la pandemia del Covid con sus repercusiones de todo género, y el actual recrudecimiento de la crisis económica motivado por la situación internacional. 
En España, en particular, tenemos la tragedia del paro, y sobre todo el juvenil, que hasta ahora no ha habido quien lo arregle. Veo en general menos idealismo y más materialismo que cuando éramos jóvenes, y cuanto más materialista, más egoísta se vuelve una persona. El conocimiento de lo ajeno no siempre ha traído comprensión, sino muchas veces individualismo e intolerancia. Afortunadamente se mantiene en su mayoría el espíritu de la familia; cuántos casos de necesidad se han resuelto en las pasadas crisis gracias a los padres, a los hermanos y a los abuelos.
Veo también que en España se ha perdido la pasión por el trabajo que había hace cincuenta o sesenta años. Entonces era muy corriente tener tres empleos; uno por la mañana, otro por la tarde, y los sábados a picar entradas en la puerta de un cine. Se trabajaba por la moto, por la máquina de coser, por la lavadora; ni siquiera por el piso, que aún estaba muy lejos. ¿Cuándo se perdió esta agonía? Mi teoría es que cuando entramos en la Comunidad Europea la gente pensó "somos europeos, luego somos ricos; ya no tenemos porqué trabajar". Por aquellas fechas comenzamos a acostumbrarnos a ver médicos cubanos, fontaneros peruanos y albañiles marroquíes. Lamento decir que un país que no quiere trabajar presenta muy mal diagnóstico. ¿Hasta cuándo durará la renta acumulada, o el crédito que nos concedan? 
Otro fenómeno sorprendente es que mientras algunos hemos pasado la vida intentando romper puertas y derribar muros, otros se afanan en levantar murallas donde antes había campo raso. Las autonomías me parecen muy bien como vehículo administrativo de autogobierno y de responsabilidad colectiva, pero cuando se pervierten al convertirse en instrumentos de segregación pasan a resultarme tremendamente antipáticas.
De todas formas creo que el balance global de nuestras vidas es muy positivo. Por supuesto no hemos vivido en el mejor de los mundos posibles, pero los ha habido mucho, muchísimo peores. Hemos visto progresar poco a poco nuestro país, y en definitiva estamos entre las primeras economías del mundo, a pesar de todos los errores y todas las barbaridades que se han cometido por unos y por otros.
Si me preguntáis qué época prefiero, si la de los 50 y 60 o la actual, tengo que contestar que por supuesto la actual, por mucho que me duelan las articulaciones. Cada edad tiene su parte buena y su parte mala; se aproxima, si no hemos llegado ya, el momento de afrontar un cúmulo de circunstancias negativas; aprovechemos la parte buena, que siempre la hay, y disfrutemos del momento presente, que con certeza no volverá. En esta sencilla filosofía se encuentra la clave de la existencia, y de la felicidad.

Comentarios

Arturo Peris ha dicho que…
Muy buen repaso de nuestra existencia y su reflexión, que nos hace recordar nuestras cosas. Muchas gracias Enrique

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